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¿A QUIÉN ACUDIR?

Siendo tan sólo un adolescente, Daniel fue enviado al exilio en tierra de Babilonia. Pocos años de haber llegado a dicho lugar, tuvo que enfrentar duras pruebas en las que su vida se vio en peligro. Sin embargo, su fe se mantuvo incólume a pesar de las dificultades.

En el capítulo 2 del libro de Daniel, encontramos un episodio ocurrido tan sólo unos tres años, después de que Daniel había sido deportado a Babilonia, momento en el cual este joven hebreo vio cómo su vida estaba peligrando. Según el relato bíblico, el rey babilónico Nabucodonosor tuvo sueños, en los que había visto una estatua conformada por distintos tipos de metales; sin embargo, el rey había olvidado el sueño, por lo que estaba turbado en gran manera y deseaba saber el contenido de este, además de su interpretación. Dicha petición del rey, incluía una amenaza de muerte en caso de que los súbditos no pudieran darle respuesta satisfactoria.

Había en el reino babilónico un gran grupo de sabios, magos y astrólogos que estaban al servicio del rey. Se esperaba que estos pudieran dar respuesta ante la interrogante de Nabucodonosor, sin embargo la Escritura nos presenta la incapacidad de ellos para revelar los secretos y los pensamientos del rey. Es allí donde entra Daniel en escena, un joven hebreo al cual Dios había dotado de sabiduría e inteligencia, y que se contaba entre el grupo de los sabios que estaban a disposición de Nabucodonosor.

Ante aquel gran problema, una amenaza en la cual estaba su vida en juego, junto a sus amigos y otras personas más; la fe de Daniel no vaciló.  Por tanto, él recordó que había un Ser superior, cuyo poder y sabiduría no tienen límites, ante el cual no hay nada oculto y que conoce lo más profundo de nuestro corazón y aún nuestras más grandes necesidades.

El relato bíblico señala que, “Se fue Daniel a su casa e hizo saber lo que había a Ananías, Misael y Azarías, sus compañeros, para que pidiesen misericordias del Dios del cielo sobre este misterio, a fin de que Daniel y sus compañeros no pereciesen con los otros sabios de Babilonia” (Daniel 2:17, 18).

¡Qué gran ejemplo de confianza y devoción a Dios la de Daniel!

Más que ir a lamentarse por lo que estaba sucediendo, o tal vez empezar a desconfiar en el poder divino, Daniel y sus compañeros iniciaron una sesión de oración, para demandar del Dios del cielo una respuesta inmediata ante aquella gran prueba.

Este relato nos muestra que la oración es más que costumbre o mero formalismo. La oración consiste en un encuentro con una Persona real, diferente a nosotros, un Dios que escucha y responde.

¿Has ido a Dios en oración cuando tu vida está en peligro?

No hay dudas, de que el Todopoderoso responde a las súplicas de aquellos que acuden humildemente ante Él, con un corazón contrito y humillado. Por eso, a diferencia de lo que algunas corrientes científicas y teológicas, acerca de un Dios distante, el libro de Daniel nos presenta a un Dios que está cercano a sus hijos y pendiente de cada una de sus necesidades.

“Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu” (Salmo 34:18)

Al recibir contestación, Daniel alabó y glorificó el nombre del Señor; lo hizo por medio de un canto o poesía. “A ti, oh Dios de mis padres, te doy gracias y te alabo, porque me has dado sabiduría y fuerza, y ahora me has revelado lo que te pedimos; pues nos has dado a conocer el asunto del rey” (Daniel 2:23).

De igual forma, el Señor espera que hoy puedas agradecerle y alabar su nombre, por las maravillas que Él ha hecho y que seguirá haciendo en ti.

“Sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias” (Filipenses 4:6b)

¿Tienes razones por las cuales dar gracias y seguir confiando en el Dios Todopoderoso?

Querido amigo, hoy te invito a que puedas confiar en el Dios que siempre está presente. Así como lo hizo Daniel aún cuando su vida estaba en peligro. Y no olvides, una vez que hayas visto la misericordia del Señor, ¡sé agradecido y da gloria a su nombre!

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