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Octubre en la identidad Adventista

¿Quién eres?, es una de las preguntas más complicadas para responder con agilidad. Con esta se busca develar la identidad de una persona a fin de conocerle, y ofrecer una respuesta rápida podría desembocar en insatisfactorias categorizaciones como el nombre o el oficio.

Así como el escritor Saint-Exupéry establece lo esencial como invisible a los ojos, la identidad no se limita a elementos físicos como color, forma o la contextura. Si el fariseo Nicodemo aceptó que Jesús venía de Dios, a partir de los milagros que este había realizado (Jn. 3:2) y los caminantes de Emaus lo reconocieron como su acompañante al relacionar su comportamiento y palabras con su accionar previo a la crucifixión (Luc. 24:25-31), es porque nuestros antecedentes determinan poderosamente quienes somos.

Conocer verdaderamente nuestra historia, nos ayuda a comprender el nivel al que hemos llegado, explica nuestros comportamientos y permite prever hacia donde nos dirigimos. Por el contrario, la historia mal contada puede tener peores consecuencias que la no conocida, dejando nuestra identidad sin fundamentos, generando tendencias divorciadas de los principios originales y conduciéndonos por veredas imprevistas.

Ante esto, la inspiración nos advierte: “No tenemos nada que temer del futuro, a menos que olvidemos la manera en que el Señor nos ha conducido, y lo que nos ha enseñado en nuestra historia pasada”. (Notas Biográficas de E. White, 216 (1902).)

Cuando Martín Lutero colgó sus 95 tesis en la Iglesia de Wittenberg hace 500 años, el oscurantismo medieval tenía más de nueve siglos reprimiendo aquellos que se alzaban con la palabra de Dios. Con valentía el fraile hizo frente al imperio religioso que había subyugado los reyes de casi todo el mundo conocido, pero él triunfó.

Cuando el ejército Francés apresó al papa en 1798, la iglesia romana recibió una estocada mortal que duraría tiempo en sanar. Para este momento, a 8,607 kilómetros de Roma, Dios criaba en los campos de Massachusetts a Guillermo Miller, cuyo movimiento preparó las bases del Adventismo.

La condición de los primeros líderes de la prenatal Iglesia Adventista una vez ocurrió el gran chasco en 1844 no era muy optimista. Pronosticar el simple fracaso de la causa hubiese sido incluso conservador, pero no fue así. Dios mismo guió la historia del Adventismo más allá de las previsiones, otorgándole un mensaje de carácter universal.

Es maravilloso ver los ojos brillosos y emocionados de adolescentes escuchando los acontecimientos que sobrepasaron los pioneros de la Iglesia. Sin embargo, muchos de estos, al iniciar la vida universitaria, contienden con pensamientos que cuestionan la literalidad de estos relatos, debilitando la tierna ilusión que conservan.

A todos, les invitamos a trasladar su pensamiento a las entonces concurridas calles alemanas, donde el eco del martillo que fijó el protestantismo aún parece resonar. A profundizar en los acontecimientos subsiguientes a la plegaria de Miller sobre la inmensa roca de su patio… Solo así los escritos e imágenes de la historia denominacional pasaran a ser una verdadera herencia de fidelidad.

En octubre, podemos encontrar quienes somos como adventistas, motivándonos a celebrar la proclamación de Jesucristo como cabeza de la iglesia y su próximo retorno.

La identidad Adventista seguirá a salvo porque es guiada por Jehová, que todavía hoy dice: “Mi mano está sobre el timón, y no permitiré que los hombres controlen mi obra en los últimos días. Mi mano maneja el timón, y mi providencia continuará cumpliendo los planes divinos, pese a las invenciones humanas…” (El evangelismo, pág. 62).​​

 

Por Francisco Javier Ramos Nuñez

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